I
Una mañana de martes fría y nublada y algo tranquila y agradable residía en el condado de Arquinton, el aire daba una brisa fría placentera al tacto con el rostro, las copas de los arboles se movían suavemente, el canto de las aves sonaba cuál música relajante. No eran apenas las siete horas antes del medio día y ya se podían divisar a algunas personas deambulando por las calles, la mayoría eran los dueños de las tiendas, carteros y no podía faltar el clásico chiquillo que reparte los periódicos. Era una mañana casi celestial, perfecta, pero como siempre las cosas que son demasiado buenas no duran bastante tiempo.
No había pasado media hora, la tranquilidad del pequeño condado se vio en una alarma que sería la primera plana del periódico al día siguiente; un niño llamo gritando a un grupo de personas quienes más tarde se quedaron helados ante lo que pudieron ver:
Un hombre que se le podían calcular entre los cuarenta y dos años, complexión robusta por no decir que estaba muy pasado de peso, aquel hombre que mas tarde se supo que se nombre era Tomas MacLean, aparentemente un guardia nocturno, se encontraba muerto, pero no un homicidio cualquiera; un enorme corte en el vientre de una perfección quirúrgica, todos los órganos internos parecían intactos salvo el corazón que no se encontró, pero los más sorprendente para los forenses era que no encontraron rastros de sangre ni en el cuerpo ni derramada en el piso, los todos los órganos estaba secos, no quedaba ni el rastro más mínimo del liquido rojo.
Si eso fue impactante, lo fue aun más que a la siguiente semana se encontraron dos cuerpos mas en las mismas condiciones que el primero hallado, así cada martes en la mañana aparecía por lo menos un cuerpo inerte. Las autoridades no podían dar explicación, estaban atónitos, cada investigación, cada detective que se adentraba muy a fondo era asesinado, por lo cual lo único que podía hacer era evitar que la noticia saliera del condado para no alarmar a país entero.
La gente estaba aterrada, el o eso había llegado a tal punto de forcejear las viviendas y asesinar a familias enteras. Los habitantes de Arquinton ya con más furia que miedo decidieron armarse de lo que pudieron, desde sofisticados rifles y escopetas, hasta simples palos de golf. Haciendo turnos por la noche intentando capturar a los responsables de tales actos infernales, aguantando el frio y el escalofrió de la muerte. Grave error.
Todos los voluntarios a la causa también fueron asesinados y también de la misma forma inhumana que los otros anteriores.
Solo hubo un sobreviviente, una mujer de treinta y cinco años de edad, piel un tanto morena, alta y un cabello rizado. Aseguraba ver visto a la criatura, ella la describía como un ser del tamaño de un oso, totalmente lampiño, con una piel rosada expuesta, no tenia ojos, ni oídos, solo unos colmillos enormes donde les sobresalía perfectamente afilados en una boca cuya ubicación era en su abdomen o lo que quiera que fuese esa parte del cuerpo, su forma era parecida a la de un arácnido a diferencia de que este ser tenía seis pares de patas, un aguijón parecido al de un escorpión en su parte trasera, era gordo, una bola de carne o de lo que sea que estuviese hecho, con patas y un aguijón; su forma de moverse era efectivamente la de un arácnido.
Aquel ser sometía a su víctima inyectándole por medio de su aguijón una sustancia en el antebrazo, posteriormente procedía a abriles el vientre con sus afilados colmillos, lo que sigue ahora es repulsivo, de su deforme boca sacaba una lengua delgada y alargada, “pareciera como si de su cavidad le saliera un gusano gigantesco”, mantenía su lengua en el cuerpo de su víctima y esta comenzaba a palidecer, le succionaba toda la sangre, al parecer lo que le había inyectado era un coagulante muy potente, una vez habiendo terminado de vaciar el cuerpo la criatura le sacaba el corazón; todo eso en cuestión de solo cincuenta segundos.
Las demás personas no pudieron hacerle nada, pues ni el plomo de las escopetas le hacían el más mínimo rasguño, así fue cazando uno a uno a todo ser que estaba cerca, inclusive a los perros que algunos vecinos llevaban como defensa.
Este testimonio fue muy difícil de conseguir, ya que la mujer después de lo que vio apenas y podía comer, una vez sacadas sus conclusiones se le fue enviada a terapia bajo amenaza para que nunca hablase con nadie lo que sucedió.
El caso dejo de ser problema de la policía para convertirse en problema de la fuerza armada, pero antes deberían consultar a una persona especialista en este tipo de sucesos.
Al otro lado del país, una joven de una tés caucásica, estatura media y delgada, un cabello negro y corto además de unos ojos de un café oscuro, residía en una casa no muy modesta algo lujosa de hecho, llevaba ropas algo elegantes aunque no demasiado costosas; se encontraba mirando desde su balcón la nada, en una mesita negra apoyaba una taza de humeante té de manzanilla, un plato azulado lleno de pequeños panques recién orneados, escuchando jazz suave a un volumen muy bajo en un tocadiscos viejo que conservaba, allí, solo mirando al vació.
La paz no le duró mucho pues en pocos instantes el timbre retumbo por toda la casa. La chica con un paso tranquilo fue a atender a quien le visitaba, abrió la puerta con toda la calma del mundo. Un hombre alto y de edad avanzada era quien tocaba:
-Señorita Aleksandra.- dijo el hombre- de verdad, lamento molestarla en su día de descanso pero necesitamos urgentemente de usted… déjeme explicarle la situación…